La estela de un recuerdo

Esta historia de amor que arranca el 14 de abril de 1931 y termina al inicio de la guerra civil. La familia del Duque del Infantado procura seguir viviendo como siempre lo ha hecho en sus palacios de Madrid, San Sebastián, Requesens y Francia. Saben que están en el punto de mira de todos los republicanos pero no por eso dejan de luchar por el regreso del rey Don Alfonso XIII a España. Los disturbios acontecidos en el Círculo Monárquico, la quema de conventos, el alzamiento de Sanjurjo, el primer voto de la mujer y la constante inestabilidad política quedan dibujados desde la perspectiva de una de las familias nobiliarias más tradicionales. El patriotismo y la entrega de Borja, su hijo más joven, quedan reflejados en las dos cartas de despedida que escribe antes de morir y que una sobrina nieta suya descubre sesenta años mas tarde. “El amor frustrado se hizo carne en ti” Es la frase que conducirá al lector por los vericuetos de esta fascinante intriga.

NOTA DE AUTORA
A finales del siglo pasado mi madrina y abuela materna, una mujer ya anciana, firme en sus creencias, sumamente vital y el espejo en el que con frecuencia me gustaba reflejarme, afrontaba su final sin temor. Viuda desde hacía décadas, madre de ocho hijos y abuela de dos decenas de nietos se preparaba para dejarnos con una tranquilidad de conciencia pasmosa. Había llegado a esa edad en la que pronunciar todo lo que por su mente pasaba no era un problema. Vivía rodeada por los que le queríamos y sabía que le escuchábamos sin reproches.
Después de años de contención fue solo entonces cuando me atreví a pedirle algo que ansiaba desde hacía mucho tiempo. Una carta de amor en la que un joven hacía más de seis décadas le escribió. En una simple cuartilla se despedía de ella por y para siempre. Tan solo una duda me asaltaba ¿De verdad habría guardado durante toda su vida la epístola de un amor que nunca llegó a fraguar? Ni siquiera sabía si aquel pedazo de papel podría seguir existiendo o si de existir ella accedería a entregármela. Lo que nunca me hubiese perdonado era el habérselo preguntado antes de perderla para siempre.
No hizo falta decirle nada. Sabía a lo que me dedicaba y que no desperdiciaría una buena historia amor para narrar en unos años tan convulsos para España entera en general, y para los monárquicos en particular. Esos, que los que los vivieron optaron por silenciar durante más de dos generaciones y que en algún momento merecería ser rescatados del olvido.
El día que me entregó la carta temblé de emoción. En aquel amarillento, humilde y desgastado sobre había un pequeño pliego. En contadas líneas mi tío abuelo Borja a sus veinte años dejaba plasmado su recuerdo más intimo y pasional. Fue el pistoletazo de salida que me empujó al abismo de la investigación en el archivo familiar. Allí topé con dos cajas enteras de correspondencia entre los personajes principales de esta novela y un pequeño libro llamado “Borja" que le dedicó su hermana Cristina “Sor Cristina de la Cruz” al perderlo. Todo aquello me ayudó a armar el andamiaje de esta trama, el resto lo hallé en un sinfín de libros de historia.
Era la primera vez que me disponía a escribir sobre personas que había querido y admirado. Me costó distanciarme de ellos. Me costó darles forma por extraño que pueda parecer y más aún hacer una ficción de las partes más íntimas de sus vidas, aquellas que diferencian a una novela de un simple ensayo. Aún así creo que ha merecido la pena.

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